En el último trimestre, la violencia machista segó la vida de veintiuna mujeres

La contabilidad continúa. Como si cada mujer muerta a manos de un hombre que la considera objeto, cosa, propiedad, no fuera un testimonio de las falencias del sistema de protección y, sobre todo, de la inacción estatal frente a una cultura que propicia el feminicidio.

Desde luego, atribuir toda la responsabilidad al Estado es socialmente evasivo. Pese a la frecuencia de estas muertes —once solo en mayo— y a la mayor asiduidad con la que los medios de comunicación se hacen eco de ellas y las llaman por su nombre, la sociedad y sus líderes son circunstancialmente reactivos.

Las fallas ostensibles del sistema se han convertido, a lo sumo, en oportunidad de crítica política. Partidos y sociedad se quedan en la periferia del problema. No hay indicios de que estén convencidos de las causas, ni de proponer estrategias y participar en su puesta en práctica.

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